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miércoles, 7 de noviembre de 2012

El modelo TPACK

Estos días hemos aprendido sobre el modelo TPACK, que añade un factor adicional a los que, tradicionalmente, habían sido los pilares de la enseñanza: el conocimiento pedagógico y el conocimiento disciplinar o de contenidos. En efecto, la irrupción de las nuevas tecnologías en la enseñanza y su uso intensivo obliga al educador a cultivar este otro conocimiento -el tecnológico- para desarrollar su misión con éxito. En esta entrada propongo una personal ordenación en importancia de los tres conocimientos del modelo TPACK, y explico las razones que me llevan a alcanzar esta conclusión.
Antes, me parece necesario referirme a las brechas de acceso a las tecnologías como condición sine qua non para el despliegue del modelo TPACK.

La pobreza como causa de la brecha digital.

La tecnología es una puerta de entrada a un universo de recursos y conocimiento de todo tipo y la enseñanza virtual un recurso que por su versatilidad (puede llevarse a cabo en cualquier tiempo y lugar, y un mismo contenido es susceptible de ser replicado en infinidad de grupos de estudiantes) y sus menos costes (aplica economías de escala) está llamada a contribuir de un modo formidable a la realización del derecho fundamental a la educación. Sin embargo, la pobreza -manifestada singularmente en la desigualdad en el acceso a la tecnología- limita, cuando no impide, el acceso a ese conocimiento y, en consecuencia, agudiza la desigualdad de oportunidades.

El educador ante la brecha digital generacional.

Desde la primera infancia, los niños (los de la sociedad con oportunidades) interactúan con la tecnología antes de aprender a hablar y escribir y están en disposición de desarrollar habilidades distintas (tecnológicamente superiores) a las que alcanzaron sus educadores. Aspectos que en otro tiempo fueron pilares de la enseñanza hoy pierden vigencia. Pensemos, por ejemplo, en el papel de la memoria, hoy relegada por la posibilidad de acceder con inmediatez a una información que no necesitamos almacenar en nuestro cerebro como antes (¿quién se molesta en dedicar tiempo a memorizar algo que está disponible con solo desplazar un dedo sobre una pantalla?).
En un contexto altamente tecnológico, debemos reflexionar sobre el rol del profesor y replantearnos la enseñanza tradicional cuyo énfasis pivotaba sobre el método pedagógico y el contenido disciplinar. Podría ocurrir que, en plena era del homo tecnologicus, el educador estuviera tentado de querer aplicar la enseñanza que él mismo recibió y en la que se formó, cuando el signo de los tiempos exige tomar conciencia de esta realidad tecnologizada, y permanecer actualizado para conocer las necesidades de su alumnado y estimular la plenitud de su potencial de aprendizaje.

La importancia de los tres conocimientos del modelo TPACK.

Sobre la base de lo anterior, y dado que estamos ante una nueva forma de aprender, debemos plantearnos la nueva forma de enseñar más acorde a este escenario.
Hoy los contenidos –casi todos- están a nuestro alcance. La revolución del conocimiento compartido que ha supuesto Internet desde finales del pasado siglo XX -sólo comparable al papel de la imprenta de Gutemberg a partir de mediados del siglo XV- nos permite acceder a excelentes contenidos digitales que añaden atractivos elementos multimedia al soporte tradicional. Por tanto, el profesor no tiene la necesidad de elaborar unos estrictamente nuevos, sino tomar los existentes y adaptarlos a las necesidades propias y de su alumnado. Pero, sobre todo, su papel clave me parece el de “guía digital”: enseñar a ser selectivos y estimular el sentido crítico que, ante la saturación de información de la web, permita discernir el grano de la paja: la información de calidad, de aquella que no merece ser tenida en cuenta.
Este es el motivo que me lleva a pensar que el profesor virtual debe priorizar el conocimiento pedagógico, aquél que incide sobre el interés y la motivación del alumnado. En segundo lugar debe manejar el conocimiento tecnológico para poder seguir, atender las necesidades y solventar los retos planteados por quienes, en muchos casos, habrán desarrollado habilidades mayores que las del propio profesor en este campo. El conocimiento de la disciplina ya se le presupone al profesor; quien tras haber sentado las bases de la misma, con la debida orientación y mediante las adecuadas estrategias motivacionales, puede fiar la profundización del alumnado por remisión a contenidos digitales externos.

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